Federico Castelló
Hay ferias que existen para vender y ferias que existen para pensar. VIV Europe pertenece a la segunda categoría, aunque por el camino ha conseguido también lo primero, y con creces. Pero su historia —que arranca bastante antes de que nadie la llamara «la feria avícola con mayor número de innovaciones del mundo»— es la historia de un sector que aprendió a verse a sí mismo con ambición global desde un rincón de Holanda.
VIV Europe acaba de dar un paso histórico, tal como anunció en enero 2026, pasando de un ciclo cuatrienal a uno bienal, y que ese cambio refleja el ritmo vertiginoso al que innova hoy la avicultura. Lo que quizás no saben es de dónde viene realmente esta feria, ni cuánto terreno ha recorrido desde sus orígenes hasta convertirse en la cita de referencia de las innovaciones en avicultura a nivel mundial.

Los años sesenta: cuando todo empezó con aves vivas
Antes de que existiera la VIV propiamente dicha, Utrecht ya acogía desde antes de 1926 una feria llamada Ornithophilia, dedicada tanto a la exposición de aves vivas como a los equipos avícolas. Era una mezcla peculiar, hija de su tiempo, que reflejaba una avicultura todavía más artesanal que industrial. Pero los holandeses —con esa visión emprendedora que los caracteriza— entendieron antes que nadie que el futuro de la producción avícola estaba en la tecnología, no en los plumajes. La Ornithophilia fue el embrión del que nacería, en 1974, la primera VIV como feria especializada en la avicultura y ganadería profesional.
Con 204 expositores y apenas 13.700 visitantes en ese primer año, nadie habría apostado entonces por lo que iba a convertirse. Pero el modelo era sólido: una feria sin animales vivos, centrada en la cadena de valor, en el know-how, en el negocio. Utrecht tenía además una ventaja logística difícil de igualar: situada en el corazón geográfico de Europa, a una hora del aeropuerto de Ámsterdam, con acceso por tren, carretera y avión desde cualquier capital del continente.
1982: primeras visitas de españoles
En la edición de VIV de 1982 un reducido grupo de periodistas especializados europeos fueron invitados a visitarla. Ya entonces, con 345 expositores y 18.800 m² de stands repartidos en tres palacios, la feria era una experiencia que dejaba sin aliento. El catálogo se editaba en cuatro idiomas —el castellano aún no estaba entre ellos— y la representación internacional era ya llamativa: Holanda, Bélgica, Alemania, Gran Bretaña, Dinamarca, Italia, Francia. España, tristemente, brillaba por su ausencia en los stands, aislada del concierto europeo al que aspiraba incorporarse.
Lo que me llama la atención aquel año no fue el tamaño de la feria, sino su visionaria orientación. Mientras en España todavía se debatía si mecanizar o no los comederos, en Utrecht se exponían sistemas automatizados para el control de la ventilación en gallineros, recuperadores de calor para criaderos de broilers, o máquinas holandesas para mecanizar todas las operaciones de la sala de incubación con sistemas electrónicos adaptados a cada cliente. Era otro mundo. Y ese mundo iba a llegar.
De feria nacional a escenario global (1986-1994)
En 1986, rebautizada como VIV Europe para distinguirla de la VIV Asia (y las otras VIV en otros continentes que la organización iría creando), la feria ya contaba con 499 expositores de 25 países y más de 54.000 visitantes. La extinta revista Selecciones Avícolas organizó ese año el primero de varios viajes colectivos con avicultores y técnicos españoles —unos cincuenta, entre profesionales y sus familias— que convertían la visita a Utrecht en algo parecido a una peregrinación de conocimiento. El grupo español visitó clasificadoras Mobba de huevos de última generación, granjas holandesas de ponedoras con 80.000 aves en ambiente controlado, mataderos de aves con 6.000 aves/hora y automatización total, el laboratorio Intervet o a la empresa genética Euribrid en Boxmeer: todo aquello, y lo visto en la propia VIV, ayudó sin duda a la hora de tomar decisiones estratégicas posteriores a los , todavía pocos, españoles que asistierón.
Para la edición de 1990, que entonces se celebrabá en el mes de noviembre , la VIV volvió a batir sus propios récords: 36.500 m², 1.046 firmas representadas, 57.852 visitantes de los cuales 11.510 procedían del extranjero. La proporción de visitantes foráneos crecía edición tras edición como el indicador más elocuente de su proyección internacional. En 1994, la VIV’94 recibió visitantes de 27 países con stands directos y llegó a los 58.395 asistentes —de ellos 17.096 extranjeros— en cuatro jornadas de noviembre.
Fue la primera vez que los organizadores entregaron medallas de innovación a los productos más destacados: incubadoras con control remoto informatizado, sistemas de evisceración automatizada, calibradores electrónicos de pigmentación de yema. La feria ya no era solo un escaparate, era un tribunal de la innovación.
El siglo XXI: la consolidación de un modelo
La VIV 2001, co-localizada por primera vez con la VICTAM Internacional —la feria de la tecnología de fabricación de piensos compuestos—, representó otro salto cualitativo. El binomio VIV+VICTAM concentraba en Utrecht toda la cadena: de la materia prima al alimento procesado, del genoma al pienso. En esa edición, con 766 expositores de VIV y 326 adicionales de VICTAM, 32 nacionalidades y un total de 5 continentes representados, la feria alcanzó una dimensión que pocas convocatorias del sector agroindustrial podían igualar en el mundo.
La edición del año 2010: un año cenizo (literal)
El volcán Eyjafjallajökull, en 2010, interrumpió el flujo aéreo europeo justo cuando comenzaba la VIV. Aquella edición, con solo 10.000 visitantes frente a los esperados, demostró paradójicamente dos cosas: que la feria era tan dependiente de la conectividad internacional que una nube volcánica podía reducirla a la mitad, y que aun así los expositores y organizadores mantuvieron el pulso. En 2014, superado el trago, la VIV se superó a sí misma con 20.214 visitantes de 136 países y la que probablemente fue su mejor edición hasta entonces.
2018: el año en que la avicultura miraba al futuro desde Utrecht
La VIV Europe 2018 fue la que más me impresionó de todas las ferias avícolas que he cubierto a lo largo de mi carrera. No solo por las cifras —591 expositores de 47 países, 18.363 visitantes profesionales de 144 países— sino por la densidad de ideas que se respiraba en sus pabellones. El nacimiento de pollitos directamente en la granja sobre la yacija, los robots de vacunación para gallinas reproductoras, los sistemas de contaje de piojos rojos mediante aseladeros inteligentes, los programas de gestión en la nube accesibles desde el móvil en tiempo real: todo aquello no era ya el futuro de la avicultura. Era el presente. Tendencias que la siguiente edición, junio 2022, la 49ª edición de VIV EUROPE, no hizo más que afianzar.
De Utrecht al mundo: la expansión del modelo VIV
Lo que comenzó como una feria holandesa de ganadería intensiva se ha convertido con el tiempo en una marca global. VIV Asia en Bangkok, VIV MEA en Abu Dhabi, VIV China en Pekín, VIV Rusia en Moscú, VIV Turquía en Estambul. El modelo holandés —feria técnica, sin animales vivos, centrada en la cadena de valor y en la conexión directa entre proveedores y compradores— probó ser exportable a cualquier latitud donde hubiera una industria avícola con ambición de crecer.
Pero el centro de gravedad siempre ha sido Utrecht. Porque Utrecht no es solo una ciudad conveniente en el mapa europeo: es el lugar donde, durante cinco décadas, la avicultura mundial ha acudido a tomar el pulso a sí misma, a descubrir lo que vendrá, a hacer el negocio que no puede hacerse en ningún otro sitio con tanta concentración de talento y decisión por metro cuadrado.
La edición 2026, del 2 al 4 de junio, es la número 25. Y es la primera de un nuevo ciclo bienal. Quien no esté allí, no solo se perderá una feria. Se perderá la conversación que define el sector para los próximos dos años.
Federico Castelló
Fundador de NeXusAvicultura.com
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Para saber más:
-. Feria VIV EUROPE 2026
-. Calendario internacional de Ferias y Eventos en avicultura


