Nutrición avícola · Salud intestinal · 114.º Congreso de la PSA
El 114.º Congreso Anual de la Poultry Science Association reunió cinco ponencias para reabrir una vieja pregunta: ¿es la fibra dietética un simple lastre del pienso o un componente funcional que la avicultura todavía no sabe medir —ni formular— con precisión?
Análisis científico · NeXusAvicultura 114.º Congreso Anual de la PSA · Raleigh, Carolina del Norte (EE. UU.) ·
Una vieja sospecha bajo una nueva luz
El título de este bloque de conferencias ya planteaba la provocación: «A new focus on fiber in poultry: Is it a nutrient or antinutrient?» («Una nueva mirada a la fibra en avicultura: ¿nutriente o antinutriente?»). A lo largo de cinco ponencias, especialistas de la industria y la universidad coincidieron en un punto de partida incómodo: durante mucho tiempo la fibra se consideró un factor antinutricional —por su digestibilidad limitada y su capacidad para dificultar la absorción de nutrientes—, pero la investigación reciente reconoce que aporta beneficios funcionales. La condición para aprovecharlos, advirtieron los ponentes, es doble: saber medir la fibra y formular con ella de forma precisa.
De factor antinutricional a componente funcional
El cambio de paradigma es el hilo conductor del simposio. Caitlin Evans y Tara York (AB Vista) recordaron que la fibra, antaño vista solo como un estorbo, se reconoce hoy por beneficios funcionales concretos: una mejor integridad intestinal, una mayor salud digestiva y una eficiencia digestiva superior.
Amy Petry (University of Missouri) y Natalie Morgan (Curtin University, Australia) fueron más lejos al señalar una incoherencia de la práctica actual: en la formulación de dietas para monogástricos la fibra dietética no se contabiliza adecuadamente, porque históricamente solo se consideraron sus efectos antinutricionales y todavía se emplean valores de fibra inexactos. Y, sin embargo, la investigación reciente ha demostrado efectos ventajosos de la fibra sobre la digestión del alimento, la salud y el comportamiento. La paradoja, reconocieron, es que la fibra sigue siendo uno de los componentes nutricionales más difíciles de definir, analizar y aplicar con eficacia.
Carrie L. Walk (AB Vista) puso el contrapunto necesario: los efectos beneficiosos de la fibra no son inequívocos. La fibra también se comporta como antinutriente, con impactos sobre la viscosidad de la digesta, el atrapamiento de nutrientes —que reduce la digestibilidad— y la dilución de la densidad nutricional de la dieta. Buena parte de la confusión, apuntó, procede de la propia complejidad de la fibra y de la falta de precisión al usar el término «fibra dietética».
Durante décadas la fibra fue tratada como un lastre del pienso. La ciencia avícola la reivindica ahora como componente funcional… a condición de saber medirla y formular con ella.

El problema empieza en el laboratorio: por qué la fibra se mide mal
Para aprovechar la fibra, insistieron Evans y York, primero hay que caracterizarla bien en los ingredientes, y ahí aparece el primer obstáculo. Las dietas avícolas se basan sobre todo en cereales e ingredientes de origen vegetal, cada uno con fracciones de fibra diversas, de modo que distinguir y medir esas fracciones es cada vez más importante.
El método tradicional, la fibra bruta (FB), cuantifica los componentes insolubles —celulosa y lignina— pero no contabiliza la hemicelulosa ni la fibra soluble, lo que puede llevar a subestimar el contenido total de fibra. La fibra neutro detergente (FND/NDF) y la fibra ácido detergente (FAD/ADF) ofrecen una evaluación más detallada: la FND mide la fracción total de pared celular (celulosa, hemicelulosa y lignina) y la FAD capta solo celulosa y lignina. Pero ambas, aun describiendo mejor la fibra estructural, no captan los componentes de fibra soluble, que son precisamente los que más probablemente influyen en la digestión de las aves.
La alternativa más completa es la fibra dietética total (FDT/TDF), que engloba tanto la fracción insoluble (celulosa, hemicelulosa y lignina) como la soluble (pectinas, β-glucanos y oligosacáridos). Esta clasificación más amplia ofrece una visión mucho mayor de los efectos de la fibra sobre la salud intestinal, la fermentación y la absorción de nutrientes. El precio es práctico: a medida que el análisis se vuelve más completo, aumentan también los costes y el tiempo.
Walk completó el mapa terminológico: a medida que mejoran las técnicas analíticas, mejora el conocimiento de la fibra y de los grandes componentes que se describen bajo ese término —los polisacáridos no amiláceos (PNA/NSP) totales, solubles e insolubles, y la lignina— y de su concentración en cereales, harinas proteicas y harinas de subproductos empleadas en alimentación animal.
Si solo se mide la fibra bruta, se subestima el total: la hemicelulosa y la fibra soluble —la fracción más relevante para la digestión en aves— quedan fuera del cálculo.

Insoluble frente a soluble: dos fibras, dos comportamientos
La distinción entre fibra insoluble y soluble no es baladí: cada una se comporta de forma distinta en el tracto digestivo. Según Petry y Morgan, la fibra insoluble puede actuar como diluyente de nutrientes y como barrera física para las enzimas, pero también mantiene la motilidad gastrointestinal y el flujo de la digesta, y estimula la función de la molleja y el proventrículo en las aves.
Sus efectos van más allá de la digestión. Alimentar con fibra insoluble ha demostrado reducir el picaje de plumas y el canibalismo en gallinas ponedoras, inducir saciedad en reproductoras de broiler sometidas a restricción de alimento y mejorar la digestibilidad de nutrientes y el rendimiento en broilers.
La fibra soluble, en cambio, tiene una elevada capacidad de retención de agua y, en exceso, aumenta la viscosidad de la digesta; pero también puede ser fermentada por la microbiota beneficiosa, lo que produce valiosos ácidos grasos de cadena corta (AGCC) y mejora la composición de la microbiota. Walk resumió el balance: se han observado efectos beneficiosos de la fibra sobre la fermentación microbiana, la función de la molleja, la morfometría intestinal, la función inmunitaria, la saciedad y el comportamiento en ponedoras, reproductoras y broilers.

De los cerdos a las aves: una lección con matices
El título de la ponencia de Petry y Morgan —«From pigs to poultry»— resume una de las ideas más sugerentes del simposio: lo aprendido en porcino puede orientar a la avicultura. Su investigación en cerdos subraya la importancia de entender el tipo de fibra, su origen y el contexto, y de ajustarlo a la etapa fisiológica y al entorno productivo del animal; los nutricionistas avícolas podrían aprovechar esas ideas para avanzar en el uso y el estudio de la fibra en favor de la productividad, el bienestar animal y la sostenibilidad.
En cerdos, la inclusión de fuentes de fibra fermentable ha demostrado aumentar la saciedad, mejorar la sensibilidad a la insulina, reducir la mortalidad asociada a cojeras en cerdas alojadas en parques y disminuir los comportamientos negativos de hambre durante la gestación. Aumentar la ingesta de fibra también ha mostrado aliviar el estreñimiento, acortar la duración del parto, reducir los nacidos muertos y la mortalidad predestete en el periparto, y aumentar la producción de leche durante la lactación. Y, de forma análoga, tanto en ponedoras como en broilers se ha observado una mejora del rendimiento al suplementar dietas bajas en fibra con fibra fermentable, atribuida a la modulación de la microbiota intestinal.
Pero los ponentes evitaron el entusiasmo fácil: la fibra no es universalmente beneficiosa. Estudios recientes en Estados Unidos indicaron que incluir ingredientes ricos en fibra en dietas de lechones de transición bajo presión de enfermedad entérica no mejoró de forma consistente el rendimiento, las puntuaciones fecales ni la salud intestinal. Del mismo modo, una revisión reciente de las respuestas de las reproductoras de broiler a la fibra reveló respuestas variables, con casos de peor rendimiento o de ausencia de respuesta al alimentar con dietas ricas en fibra. La conclusión, para Petry y Morgan, es que hace falta un enfoque entre especies para entender y optimizar mejor el uso de la fibra en dietas de monogástricos.
La fibra no es universalmente beneficiosa: bajo presión entérica, las dietas ricas en fibra dieron respuestas variables —y, en algunos casos, peores rendimientos.
Fibra y microbioma: entre la promesa y el «hype»
Si algún aspecto concentra hoy las expectativas sobre la fibra, es su capacidad para modular el microbioma. Tim Johnson (University of Minnesota) abordó el tema sin rodeos —su ponencia se titulaba, literalmente, «What’s all the hype?» («¿A qué viene tanto revuelo?»)— y combinó entusiasmo con cautela. Recordó que la producción animal eficiente depende del mantenimiento general de la salud y de un tracto gastrointestinal equilibrado, y que ese equilibrio descansa en una microflora sana. En el intestino de los animales de producción conviven más de 1.000 especies bacterianas, naturalmente equilibradas en condiciones normales; sin embargo, en la producción moderna el establecimiento de un microbioma sano se ve a menudo dificultado por el confinamiento y por la falta de los microbios beneficiosos presentes de forma natural durante el desarrollo. De ahí el recurso frecuente a aditivos para promover su establecimiento.
Las fibras empleadas en producción animal abarcan combinaciones diversas de monosacáridos que forman oligosacáridos, diseñados para alimentar a microbios específicos capaces de degradar esos azúcares. La idea es desarrollar fibras que promuevan la expansión de grupos concretos de bacterias beneficiosas, lo que favorece la exclusión competitiva de patógenos potenciales; al mismo tiempo, esas bacterias estimulan el sistema inmunitario y producen subproductos como los ácidos grasos de cadena corta, que el hospedador aprovecha y que aceleran la utilización de la energía. Hay incluso indicios de que estas interacciones podrían influir en el eje intestino-cerebro y tener efectos fisiológicos.
Aquí, sin embargo, Johnson marcó los límites del conocimiento actual. Se asume de forma general que las fibras dietéticas y otros prebióticos favorecen el establecimiento de bacterias beneficiosas como Lactobacillus y las bifidobacterias, y hay evidencia que respalda esa teoría; pero hay menos evidencia sobre los efectos colaterales de las fibras en el microbioma.
Distinguir entre bacterias verdaderamente comensales y beneficiosas y aquellas oportunistas que pueden agravar problemas de enfermedad es complicado: Escherichia coli, recordó, se presenta en muchas formas, desde beneficiosas hasta letales. Existe poca o ninguna evidencia a nivel de cepa bacteriana sobre la especificidad de las fibras dietéticas y, en general, estas no deberían ser específicas de determinadas cepas dentro de una misma especie.
Su conclusión fue un llamamiento a la investigación: hacen falta más estudios de microbioma de alta resolución —incluidos los funcionales— y se necesitan con urgencia plataformas que permitan evaluar múltiples productos en distintas combinaciones. El potencial de usar las fibras para modular el microbioma es inmenso, sentenció, pero el actual panorama de publicaciones revisadas por pares dificulta la verdadera difusión del conocimiento en este campo.

Medir la integridad intestinal: del método invasivo al biomarcador
Si la fibra actúa sobre la salud intestinal, la pregunta inevitable es cómo medir esa salud. Michael Kogut (USDA-ARS) centró su intervención en la integridad intestinal o, con más precisión, en la homeostasis intestinal: el estado en el que las funciones fisiológicas del hospedador operan con normalidad. Esa homeostasis la mantiene el ecosistema intestinal —los elementos del propio intestino y sus interacciones con la microbiota— y exige mecanismos de barrera y regulación, dada la enorme cantidad de células inmunitarias que conviven con billones de microorganismos comensales beneficiosos.
El papel central recae en las células epiteliales intestinales (IEC), que segregan físicamente las bacterias comensales e integran las señales microbianas, y que forman una barrera física y bioquímica frente a microorganismos comensales y patógenos. La integridad intestinal depende de esa función de barrera; pero numerosos factores de estrés ambiental, infecciosos y no infecciosos, pueden romper esas barreras y comprometerla.

La buena noticia, según Kogut, es metodológica. En la última década, la evaluación de la permeabilidad intestinal ha evolucionado desde técnicas invasivas hacia biomarcadores no invasivos, con un esfuerzo particular por identificar marcadores fiables capaces de evaluar esa permeabilidad en sangre y heces —entre los descriptores de su trabajo figura la calprotectina—. La asignatura pendiente: aún no hay consenso sobre cuáles son los mejores métodos de análisis ni sobre su exactitud.
Conectar los puntos: NIR, enzimas y formulación de precisión
Carrie Walk se encargó de unir las piezas. Comenzó con una nota histórica: la fibra dietética se describió por primera vez en 1953, en relación con la toxemia del embarazo en mujeres entre 1940 y 1950. Curiosamente, hoy seguimos encontrando relaciones entre la fibra y el rendimiento reproductivo: en cerdas, por ejemplo, la fibra se ha vinculado a la saciedad, la sensibilidad a la insulina, la reducción del estreñimiento y de la duración del parto, y la mejora de la producción de leche durante la lactación.
El verdadero salto, sin embargo, es instrumental. Tanto Evans y York como Walk apuntaron a la espectroscopía de infrarrojo cercano (NIR/NIRS) como alternativa rápida y económica a la química húmeda tradicional para caracterizar la fibra. Walk fue concreta: usar un NIR exacto, fiable y rentable para medir el contenido de PNA y de lignina en los ingredientes permitiría una formulación precisa y en tiempo real, ajustando las concentraciones de ingredientes para aportar las fracciones beneficiosas en la dieta y, además, mejorar la eficacia de las enzimas y sus recomendaciones de uso.
El objetivo último es una fibra «a la carta». Las dietas podrían formularse incorporando ingredientes o aditivos con fracciones específicas de PNA u oligosacáridos para promover la fermentación bacteriana beneficiosa y la función intestinal a través de los ácidos grasos de cadena corta, y para minimizar la fermentación proteica y el crecimiento de bacterias patógenas. A ello se sumarían los biomarcadores no invasivos, que podrían aportar información sobre los efectos de las fracciones de fibra en la integridad intestinal, la utilización de nutrientes y la función y la resiliencia inmunitarias, especialmente bajo desafíos entéricos como la coccidiosis, E. coli y Clostridium perfringens.
La síntesis de Walk fue también cmpartida por los otros expertos en fibra: a medida que mejore nuestra capacidad para medir la fibra y sus fracciones, mejorará nuestra capacidad para aprovechar sus efectos beneficiosos, mitigar los perjudiciales —con formulaciones óptimas, enzimas exógenas y aditivos— y mantener la homeostasis y la función intestinales para un rendimiento óptimo.
El NIR podría convertir la fibra en un ingrediente formulable a la carta: medir PNA y lignina en tiempo real para potenciar la fermentación beneficiosa y frenar el crecimiento de patógenos.
¿Nutriente o antinutriente? La respuesta está en la precisión
La pregunta del título no obtuvo una respuesta de rotundamente SI o rotundamente NO, y quizá esa sea la respuesta. De las cinco ponencias emerge un consenso matizado: la fibra no es ni un simple nutriente ni un mero antinutriente, sino ambas cosas según el tipo, el origen, la dosis y el contexto. Lo que decide de qué lado cae la balanza es, sobre todo, la capacidad de medirla con rigor —de la fibra bruta a la FDT y los PNA, idealmente mediante NIR— y de formular en consecuencia, con enzimas, aditivos y biomarcadores.
El simposio dejó tanto certezas como deberes. Por un lado, una estrategia de fibra bien gestionada puede mejorar la eficiencia alimentaria, la salud intestinal y la sostenibilidad de la producción avícola. Por otro, sus beneficios no son inequívocos, la ciencia del microbioma todavía necesita estudios funcionales de alta resolución y la medición de la integridad intestinal aún carece de consenso. Entre la promesa y la prudencia, la fibra deja de ser un residuo del pienso para convertirse en una palanca —exigente— de la nutrición avícola de precisión.
| Métodos de análisis citados | Fibra bruta (CF); fibra neutro detergente (FND/NDF); fibra ácido detergente (FAD/ADF); fibra dietética total (FDT/TDF); polisacáridos no amiláceos (PNA/NSP) y lignina; espectroscopía de infrarrojo cercano (NIR/NIRS). |
| Conceptos clave | Integridad y homeostasis intestinal; células epiteliales intestinales (IEC); ácidos grasos de cadena corta (AGCC); exclusión competitiva; biomarcadores no invasivos. |
Fuente:
Poultry Science Association. 114th PSA Annual Meeting Abstracts. Raleigh, Carolina del Norte (EE. UU.), 14–17 de julio de 2025. Bloque de ponencias: «A new focus on fiber in poultry: Is it a nutrient or antinutrient?»:
- 573S · Evans, C.; York, T. Maximizing the benefits of fiber in poultry nutrition: insights and ingredient evaluation. AB Vista.
- 574S · Petry, A.; Morgan, N. From pigs to poultry: The evolution of fiber in monogastric nutrition. University of Missouri; Curtin University.
- 575S · Johnson, T. Fiber and the microbiome: What’s all the hype? University of Minnesota.
- 576S · Kogut, M. Intestinal integrity and key biomarkers for performance. USDA-ARS.
- 577S · Walk, C. L. Fiber and performance: Connecting the dots for optimal performance. AB Vista.
Para saber más:
-. Fibra en avicultura
-. Dietas avícolas en NexusAvicultura


